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Primavera

Halaga el jazmín del país
como cada septiembre.
Moraleja blanca de la vida:
cavernosa voz de sus aromas
en el pequeño patio de baldosas
que resiste, con su antiguo
aire y hechura, el ímpetu
volcánico de la metrópoli.

Milagro, nuevo ciclo
de la tierra en los finos
filetes de las flores, tallando
a la enramada ramilletes.
Sensación de gratitud
ante semejante panorama.

Cómo pensar ahora a la ciudad
también en sus hedores,
en la moneda que resbaló
de manos del mendigo
por un temblor, viento
intenso de primavera, vahos
del alcohol de mala calidad
bebido cada noche. Mientras,
regresamos a casa del trabajo
o vamos felices a una fiesta.

Y esa moneda rueda
hasta la alcantarilla, cae
por los ductos oscuros, corta
el moho con su filo, atraviesa
el centro mezclada con las heces,
conoce las veleidades de roedores
e insectos poco amables
a los humanos. Hasta llegar al río,
donde se hunde en la amarronada
profundidad del gigante que fluye.

Halaga el jazmín, dulce
y generoso entrega
por entero su belleza
también a los vecinos
y transeúntes. Acaso
al mendigo que extiende
su mano a veces, y sólo atino
a darle una moneda.

Alicia Salinas

Ribereña

Años después de vivir contra el río,
lo que fluye persevera y purga.
En la orilla remedo todo pasado,
vuelvo al ruedo de mí misma.
A qué cuenco va el silencio
de los ceibales. Tarde en fuga.

Desde la isla refulge la dentadura
vertical de las torres donde antes
llanura y luego patios con jazmines.
En qué rincón quien espera y quien
no olvida

Como el río arrastra lodos y ramajes,
me persigue siempre una pena.
Aún si brillo, palpita el sueño trunco.

¿Y si busco lo que no es posible?
¿Si han demolido también la casa
de los que me amaron, si ellos
ya no saben cómo encontrarme?

Falso Manhattan, la soledad era esto.

Yo que viví de espaldas al río,
hoy mi sangre transcurre e inunda.
Amarronada agua, siempre
adelante.

Alicia Salinas

Playa brava

Se deslizan las suelas sobre la superficie
de asfalto que al mar acerca. Él no está
en este desfiladero de opacas lajas:
ensueño todavía, murmullo
lejano de piedras. En derredor
moles rectas, cobijo de muchachas rubias
de prósperas familias.


Último temporal del invierno atenaza
la tarde y hace más rudo el paisaje;
soledad
en la península del este, vacía.
Ni jóvenes ni flashes ni automóviles,
el sol escapa en el deseo que abrigo
de verlo. Único aliento:
la promesa intangible del mar.


Por fin, entre la grisura hostil de los rascacielos,
se abre el agua
revuelta
como una mujer cuando se entrega.


En la seducción de las ciudades marinas sucumbo,
frente al oleaje que sacude y entrevera,
en comunión con la salvaje manera que tienen
sal, yodo, agua y arena
de levantarse y caer sobre la orilla.

Atravesando la bruma un hombre
desafía la intemperie, el frío.
Su perro a veces corre y se adelanta.
Los contemplo venir desde otro tiempo,
fantasmales, oníricos.

Si bajo la vista para pensar en todo
lo que una vez quise y no he tenido,
el hombre ya no está en el horizonte.
Quizá sólo parte de mi sueño….
Pero si pudiera llorar, mis lágrimas
llenarían el cuenco de sus huellas.


¿Quién es? Quién
lo perdió en este desierto,
donde sólo unos obreros trepidan y zozobran
desde el último piso de la nueva torre
del próximo verano.


Observadores mudos de un absurdo
que pronto olvidan
mientras dejan el trabajo
para refugiarse de la lluvia.


2009, Punta del Este


Alicia Salinas

Rambla

Del puerto parte el barco en lo que dura un cigarro
en apagarse. Busca la noche faros
para que el horizonte vista de camino. Río
inmenso cobija brisas dulces, plata
en el oleaje lejos.

Pide el susurro un poema como si fuera fácil
descubrir el alma sin aviso. Igual
carne viva en el silencio de este instante
que no vuelve. Patria,
donde el amor afinca y se queda.

Brota espuma del golpe en las piedras y espero
donde esa patria aguarda sumergida pero no quieta
en las vetas que refulgen, fija al viento.
Pero el viento pasa
y pasa.

Alicia Salinas