Playa brava

Se deslizan las suelas sobre la superficie
de asfalto que al mar acerca. Él no está
en este desfiladero de opacas lajas:
ensueño todavía, murmullo
lejano de piedras. En derredor
moles rectas, cobijo de muchachas rubias
de prósperas familias.


Último temporal del invierno atenaza
la tarde y hace más rudo el paisaje;
soledad
en la península del este, vacía.
Ni jóvenes ni flashes ni automóviles,
el sol escapa en el deseo que abrigo
de verlo. Único aliento:
la promesa intangible del mar.


Por fin, entre la grisura hostil de los rascacielos,
se abre el agua
revuelta
como una mujer cuando se entrega.


En la seducción de las ciudades marinas sucumbo,
frente al oleaje que sacude y entrevera,
en comunión con la salvaje manera que tienen
sal, yodo, agua y arena
de levantarse y caer sobre la orilla.

Atravesando la bruma un hombre
desafía la intemperie, el frío.
Su perro a veces corre y se adelanta.
Los contemplo venir desde otro tiempo,
fantasmales, oníricos.

Si bajo la vista para pensar en todo
lo que una vez quise y no he tenido,
el hombre ya no está en el horizonte.
Quizá sólo parte de mi sueño….
Pero si pudiera llorar, mis lágrimas
llenarían el cuenco de sus huellas.


¿Quién es? Quién
lo perdió en este desierto,
donde sólo unos obreros trepidan y zozobran
desde el último piso de la nueva torre
del próximo verano.


Observadores mudos de un absurdo
que pronto olvidan
mientras dejan el trabajo
para refugiarse de la lluvia.


2009, Punta del Este


Alicia Salinas

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