Paul Eluard (1895-1952)

Poesía y compromiso

El poeta que amaba la palabra fraternidad

Siempre es bueno volver a la poesía de Paul Eluard. Adentrarse descalzos en el cálido océano lírico de sus palabras, sus inmortales poemas escritos al fragor del amor y la guerra.

Nacido en un hogar de clase media en Saint Denis, suburbio parisino el 14 de diciembre de 1895, Eugène Émile Paul Grindel (tal su verdadero nombre), aparece tal vez, como el más y el menos Surrealista de todos aquellos locos lindos que llevaron adelante aquella carabela llamada Surrealismo, que rendía tributo a nenes

como Lautremont, Apollinaire y Freud, entre muchos otros. Porque Eluard fundó, militó, y llevó adelante como pocos tal empresa, firmando el famoso Manifeste Surrealiste en 1924, participando en todo el amplio espectro poético, artístico, lúdico y onírico de tal aventura estética, acordando primero y peleándose después con el mismo auto-impuesto capitán del barco, el impredecible André Bretón.

Tres visiones se destacan en la obra literaria de Eluard, una primera y corta etapa Dadaísta, aún con la influencia de Tristán Tzara, en la cual tal vez su mejor logro de ésta época sea el poemario Le devoir et l´inquiétude (1917), etapa que sería complementada por un par de obras más.

El período por el cual es más conocido: el Surrealista. Aquí Eluard brilló como pocos en la vanguardia nacida en la París de los años locos, ése período de derroche y delirio, que nadie podría saber que se trataba de una ficción de la felicidad, cuando lo peor aún estaba por venir. De éste período r

esulta necesario recorrer las páginas de obras como Mourir de ne pas mourir (1924), Capitale de la douleur (1926), L´amour l´poésie (1929), La vie immédiate (1932) o La rose publique (1934). Pero también, y en algún comprensible modo, Eluard terminó por renegar del Surrealismo.

La explicación es sencilla: Eluard era poeta, más allá de cualquier vanguardia, escuela o

movimiento artístico o literario, digásmolo de otro modo: el Surrealismo acabó quedándole chico, y esto es así. Mientras para el monarca Bretón la poesía (y todo) estaba si o si al servicio del Surrealismo, subordinado a este, para Eluard, era exactamente al revés; surrealismo si, y con todas las de la ley, pero la poesía es y será mucho mas grande que cualquier estética que la quiera limitar.

La poesía era el círculo más grande, la vanguardia estaba incluida en aquélla en uno más pequeño; esto era alta herejía para Bretón.

Literatura y política

Y al final el Comunismo, ideología política que influyó decisivamente en su obra, vida y pensamiento.

Luego vinieron las mezclas; aquello del Surrealismo al Servicio de la Revolución, entreverar Surrealismo con Comunismo y experimentos parecidos, que no resultaron del todo convincentes, y mucho menos eficientes. Además, Eluard trató el amor, la fraternidad y el dolor con la altura poética necesaria como para que muchos de los versos que su mano destiló quedaran impresos para siempre en la Antología Poética Imprescindible Universal De Cuando Todo Se Termine De Ir Al Diablo. Desafiliado al Surrealismo a fines de los 30, se dedicó por completo a la resistencia francesa contra el horror del régimen nazi, y al compromiso con la ideología Comunista, algunas de sus obras de éste período son Poésie et vérité (1942), Au rend

ez-vous allemand (1945), Poésie interrompue (1946), Poèmes politiques (1948) o Une leçon de morale (1949).

Resistió clandestino en ésa París ocupada por los las huestes de Hitler durante la Segunda Guerra Mundial, no pudo pelear por cuestiones de salud en la Primera, (capítulo aparte merecería su amistad con la poeta uruguaya Susana Soca, a quien Eluard aparentemente había prometido una visita a Montevideo). El mundo perdió quizá, un militar condecorado, en cambio ganó un poeta gigante y universal, que como tal, combatió la mediocridad, la estupidez y el autoritarismo con ésa arma con la que supo disparar y conmover como pocos poetas en el siglo XX: la poesía.

Pero además, cabe mencionar también el increíblemente sencillo estilo de Eluard. Porque Eluard “no se la creyó”, como sí lo hicieron otros compañeros de vanguardia y otra vez nombro a Bretón y por supuesto a Dalí. Por algo es considerado el surrealista más humano, más fraternal, el poeta surrealista del amor si hubo uno, “Yo canto la alegría de cantarte, y la alegría de tenerte o no tenerte, el candor de esperarte, la ingenuidad de conocerte, tú que suprimes el olvido, la espera y la ignorancia, que suprimes la ausencia, que me das al mundo, canto para cantar, te amo para cantar, ese misterio donde tu amor me crea y me libera…”, sublime.

Hasta el dolor duele menos si de él nos habla Eluard. Su poesía reclama, cuestiona, mitiga. Ni siquiera terminó de importarle demasiado que el delirante Dalí (quien lo retrató en varias de sus pinturas) le robara a Gala, con la que Eluard se casó en 1917 y llegó a tener una hija, Cecile; o que escondido en las catacumbas de la ciudad luz, las botas del nazismo resonaran sobre su cabeza. Peleó a capa y espada, a papel y pluma contra lo peor de la raza humana, peleó con la poesía en una mano y la belleza en otra.

Porque no es en vano tal heroísmo, porque siempre hay esperanza, un hilo de sangre latente en la poesía de aquel francés cuyo verdadero nombre fue Eugène Grindel Eluard.

Hoy, pasadas ya varias décadas desde que una angina de pecho decidiera llevarlo definitivamente al hogar de las Musas (ningún mejor lugar para un poeta), el eco de sus más bellos poemas de amor, dolor, fraternidad, y de ése valor tan necesario para el hombre como lo es la libertad aún tañen en la memoria de los que convencidos de la quimera, no renuncian a encontrarla, porque en definitiva la poesía es ir en pos de una quimera, y también es no rendirse ante la falta de hallazgo, “…y el amor está en el mundo para olvidar al mundo…”, reza uno de sus más célebres versos, “… y en virtud de una palabra, vuelve a comenzar mi vida, nací p

ara conocerte y nombrarte, Libertad”; de pie por favor.

Paul Eluard falleció el 18 de noviembre de 1952, pero su obra está allí, viva en cada verso, en cada palabra, para pensar, buscar, y no rendirse jamás.







Paulo Roddel

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